El ‘cello’ sobre las cenizas.

“Aquí no queda nada –comento Vkekoslav, un bibliotecario-. Vi una columna de humo, y los papeles volando por todas partes, y yo quería llorar, gritar, pero me quedé arrodillado, con las manos en la cabeza. Toda mi vida tendré esta carga de recordar cómo quemaron la Biblioteca Nacional de Sarajevo.”[1]

Escribo esto porque me tropecé con la foto que acompaña la entrada[2]. En ella aparece el chelista Vedran Smailović, tocando su instrumento sobre las ruinas de la Biblioteca Nacional de Sarajevo (la Vijećnica) en 1992. No sé qué toca[3]. No sé cuán cierta sea la imagen: el bombardeo serbio (los últimos días de agosto de ese año) pudo haber terminado mucho antes, alguien pudo haber movido uno de los cascotes de cemento, o pudieron estar ahí esperando largo rato fotógrafo y modelo el momento adecuado que otorga esa luz tan clara a la foto. Toda foto es falsa, se pose para ella (el colmo de lo artificial) o no.

            Sin embargo la posibilidad que plantea la foto me reconforta. De acuerdo con Fernando Báez:

La biblioteca tenía 1.500.000 volúmenes, 155.000 obras raras, 478 manuscritos, millones de periódicos del mundo entero, pero fue devastada por órdenes del general serbio Ratko Mladic por medio de 25 obuses incendiarios, lanzados durante tres días, a pesar de que sus instalaciones estaban marcadas con banderas azules para indicar su condición de patrimonio cultural.[4]

Ante esa destrucción –solo una más- irreparable, tangible, de millones de libros quemados, me gusta la idea de que alguien haya escogido como elegía una melodía salida de un cello (sé que está mal escrito así, pero por capricho prefiero la forma italiana), la cosa más etérea  y frágil posible.

La guerra en Bosnia está llena de nombres particulares: Ahmići, Mostar, Foca, Grbavica, Srebrenica, Markale, lugares llenos de muertos, de mujeres violadas, de edificios destruidos, en los que todos los bandos se masacraron entre sí. Ante eso a un hombre se le ocurre tocar unas notas. Al hacerlo asumo que sabía que nada cambiaría, de hecho la paz se alcanzó al menos tres años después de la foto. Pero aun así no pudo dejar de tocar.

La música culta me gusta en buena medida gracias al influjo del violín, ese instrumento que producía un sonido durante mi primer concierto que no se parecía a nada que hubiese escuchado hasta ese momento: ni a la música del barrio de clase media baja en el que crecí, ni al ruido urbano, ni al pop FM o al rock indie que exhibía como marca para distinguirme. Ese sonido de belleza sobrehumana[5] bastó para convertirme en un fanático.

           Mis devaneos con el cello son recientes, luego de un par de conciertos de música de cámara, sin artificios, sin micrófonos. Tal vez tenga que ver con tristeza o melancolía, un cello produce un lamento hermoso. Vivaldi es el más indicado para describir lo que quiero decir:

Aunque en 1994 la Orquesta Filarmónica y el Coro de la Catedral de Sarajevo ofrecieron en el lugar de las ruinas un concierto en el que se interpretó el Réquiem de Mozart, qué otra cosa sino la tristeza de un cello puede ofrendarse ante la destrucción de una biblioteca que veinte años más tarde aún no se recupera del todo como edificio y que jamás recuperará sus libros.

Imágenes (wikipedia y http://www.kakarigi.net/manu/images/lib_11.gif)



[1] En: Báez, Fernando (2004): Historia Universal de la destrucción de los Libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Caracas, Editorial Debate. Página 263.

[2]  Aunque ayer 6 de abril se cumplieron veinte años del inicio de la guerra en Bosnia.

 [3] Me gusta creer que es la suite para cello número dos de Bach. Aquí Mstislav Rastropovich interpreta el preludio: 
[4] Ibíd.

[5] Contrario a lo que se piensa, la verdadera belleza está fuera del alcance del hombre: no puede crearla o apreciarla, no del todo al menos. Incluso cuando intenta imitar la belleza a través del arte, produce un sucedáneo, a veces solo horror. Por ello los violinistas deben venderle su alma al demonio si quieren dominar su instrumento. Los luthiers ya lo han hecho antes.

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  1. Spielzeugstadt. | Essais

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