Bolas de paja

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Imagen: Wikipedia

Where have all the cowboys gone?

 Paula Cole

El western es mi género favorito. Desde El Llanero Solitario de la televisión (muy lamentable la mamarrachada para cine en la que participó Johnny Depp hace poco[1]) y hasta cada uno de los personajes de John Wayne, los vaqueros me dotaron de dos ideas fundamentales: el mundo se divide entre buenos y malos (nosotros siempre somos los buenos) y si matas –o hieres en la mano– suficientes malos, el mundo es mejor.

Ya sé que Clint Eastwood mató al género en 1992 con su Unforgiven[2] y hoy es imposible ver una de vaqueros en el cine –de hecho la última que vi, en 2011, fue un refrito de  True Grit[3]– o en la televisión (salvo por Deadwood), pero durante mi niñez, cada domingo a las 5 de la tarde tenía una cita con los vaqueros en Cine del Domingo de Venevisión.

Vi tantas películas de vaqueros que deberían darme la nacionalidad estadounidense. O no tanto, porque ya de adulto descubrí que la mayor parte de esos westerns de mi infancia eran un simulacro cultural: películas filmadas en España, con una crew entre italiana y española. Lo único gringo eran las caras sin afeitar de Eastwood, Wallach y Van Cleef. Me tomaría algo de tiempo descubrir a John Ford o a Sam Peckinpah y sus westerns más auténticos.

Y es que viéndolo bien, los símbolos culturales estadounidenses son tan artificiales como los de cualquier otro país –¿cuán representativo es hoy el francés de boina y baguette?–, algo que precisamente queda en evidencia en su subcultura vaquera. De esta, hay dos íconos que muestran esa hibridez –García Canclini dixit– o burla que es toda identidad cultural.

Por un lado están esas bolas de paja que ruedan por el oeste americano –y en el imaginario de lo que creemos que es genuinamente yankee–, parte ineludible de un decorado en buena medida kitsch. Pues bien, resulta que esas bolas de paja o hierba rodante (Salsola tragus) son un cardo originario de Rusia (toda una ironía durante la Guerra Fría: no entiendo cómo el senador McCarthy no las persiguió), que contaminó semillas de lino sembradas en Dakota del Sur entre 1873 o 1874, según leo en National Geographic. La raíz de esta planta que crece en todo tipo de suelo, se debilita cuando está cargada de semillas, para que, y gracias al viento, pueda reproducirse como una verdadera plaga que ha colonizado todos los estados menos Alaska y Florida, sigo leyendo en la revista.

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Imagen: flowers4u.wordpress.com/

Pero, el símbolo cultural estadounidense por excelencia es el carro, y uno de los mejores fabricados nunca es el Ford Mustang, que toma su nombre precisamente de la cultura vaquera, del caballo salvaje de ese nombre. Desde los comerciales de Marlboro hasta los nombres de infinidad de equipos deportivos, el mustang define parte de la identidad cultural estadounidense, eso que de libre –en realidad violentamente criminal– se adjudica a sí misma esa sociedad. Bien, como es harto conocido, la palabra mustang es un derivado de la palabra española mestengo que es como se llamaba a los caballos extraviados introducidos por los conquistadores, de los cuales descienden todos los caballos del Nuevo Mundo.

En estos días en los que el chavismo da estertores intentando por enésima vez, con discursos y demás pendejadas, que prenda el sentimiento anti estadounidense en un país profundamente pitiyanqui desde hace más de cincuenta años –otra muestra de las promiscuas identidades culturales que construimos–, pienso en bolas de paja rodando en el desierto.

 

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[1] Es sorprendente lo malo de cada adaptación cinematográfica del personaje: cada una es peor que la anterior.

[2] En estos enlaces hay unas mejores descripciones del género que las que hago en mi modesta entrada: http://www.jotdown.es/2016/01/el-western-notas-sobre-un-genero-difunto/, http://www.jotdown.es/2016/03/el-papel-o-papelon-de-los-indios-en-el-cine-i-el-salvaje-despiadado/ y http://www.jotdown.es/2016/04/papel-papelon-los-indios-cine-ii-lavando-la-conciencia-3/, respectivamente.

[3] Las últimas dos películas de Tarantino y A million ways to die in the west (2014) son solo bufonadas.

Ur-fascismo chavista: culto de la tradición

Figuras chavistas en un pesebre en diciembre de 2011. Imagen: eju.tv/

Figuras chavistas en un pesebre en diciembre de 2011. Imagen: eju.tv/

La tradición es la personalidad de los imbéciles.

  Maurice Ravel

 

Umberto Eco menciona en ‘El Fascismo Eterno’ a los saberes arcaicos como el contenido de la gnosis fascista. Si para Karl Mannheim la ideología es el sistema de ideas que busca ocultar y conservar el presente interpretándolo desde el punto de vista del pasado, el fascismo no puede sino abrevar de fuentes ubicadas en tiempos remotos. Con la tara adicional de que el pasado que fabrica toda ideología es falso.

En suma, qué propone el chavismo que no sea una vuelta al pasado, o bien a la Guerra de Independencia o a la caduca confrontación de la Guerra Fría. La meca chavista, la Cuba de los Castro, es precisamente una isla congelada en el tiempo por más de 50 años –ahí están sus Chevrolet Bel Air 57 para mostrarlo– que ha requerido de la mano estadounidense para saltar de era.

Antes señalaba que el pasado que crean las ideologías es falso, esto en buena medida porque es un pastiche en el que degeneran todas las incompatibles tradiciones de las que el fascismo echa mano para conseguir la conformidad –Eco lo llama ‘cultura sincrética’ que debe tolerar todas las contradicciones–, desde la tradición laica hasta la más rancia religión, desde el pasado más lejano hasta el banal suceso de hace unas horas.

Tenemos como ejemplo por antonomasia al ‘Árbol de la tres raíces’ chavista[1], esa planta mutante cuya representación gráfica sería un Simón Bolívar en la copa, el tronco de Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora en forma de raíces, que como empaque ideológico apela al mito de la independencia y a la tradición de guerra decimonónica para legitimarse.

Hay más cultura sincrética que debe tolerar todas las contradicciones en la prédica chavista. Todo el ataque al periodo colonial se hace en español, no en wayuunaiki. Aquí además vemos cómo el chavismo –al igual que todo ur-fascismo– altera la historia mediante el expediente de enaltecer unos períodos mientras sataniza otros.

Así, en su cronología espuria, nuestro ur-fascismo salta de la etapa precolombina –cuando aún no éramos venezolanos– a la Guerra de Independencia, luego se toma en cuenta uno que otro momento a finales del siglo XIX; Guerra Federal, Guzmanato, para elegir como antesala de la era dorada, a las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez y a la insurgencia comunista de los sesenta, entre todo el siglo XX.

Más tradición delirante. Catalogar a Jesús como protochavista –tal vez por aquello de la multiplicación de los peces, vale decir: crear riqueza mágicamente para repartirla ávidamente a la masa– es un rasgo que permite catalogar al chavismo como ur-fascista.

Si resulta que somos chavistas desde el inicio de la era cristiana, entonces esa ideología es mucho más que el sistema de ideas de una facción de ur-fascistas: es la mismísima tradición que se nos inocula con el bautismo.

 

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[1] Hay otras versiones de este Frankenstein vegetal. Está el árbol de las cuatro raíces que incluye –no podía faltar– al mismo Chávez como un brote y el de las cinco raíces que suma a Miranda y a Sucre a las tres originales.

Ur-fascismo chavista: una introducción

Imagen: filateliastamp.altervista.org

Imagen: filateliastamp.altervista.org

‘All’armi! All’armi! Allarmi siam fascisti terror dei comunisti.’

All’armi siam fascisti

 

De todos los –no sé si llamarlos así– títulos post mortem que recibió Chávez sobresale el de comandante eterno. Esta jalada le gana a gigante, pero empata con comandante supremo. Este es un breve ranking de las zarandajas de sus postrados fanáticos.

Por algo más que una banal asociación de palabras esa muestra de la fétida adulancia en la que chapotea Venezuela me recordó la conferencia de Umberto Eco: ‘El Fascismo Eterno’ (que puede ser leída aquí: http://prodavinci.com/2013/04/18/actualidad/el-fascismo-eterno-de-umberto-eco/). En ella, Eco intenta identificar las características mínimas que se hallan en el origen de todo fascismo.

Maduro y Maradona se abrazan junto a la tumba de Chávez en 2013. Imagen: http://www.informador.com.mx/

Maduro y Maradona se abrazan junto a la tumba de Chávez en 2013. Imagen: http://www.informador.com.mx/

Leer a Umberto Eco explicar el Ur-fascismo mientras observaba ese aquelarre en la tumba de Chávez ayer –ese paroxismo cursi transmitido además en cadena obligatoria– en el contexto de la represión iniciada hace un año en Venezuela, me llevó a corroborar la definición ya expresada con insistencia por otros de que el chavismo es cuando menos protofascista, sino que fascista ya.

Porque luego de más de 23 largos años qué duda cabe: el chavismo ha exhibido todas las características mínimas que distinguen al fascismo según Umberto Eco. Esa de ayer es solo una declaración más de los fascios locales.

Por ello en las próximas entradas del blog haré un repaso de las características que Umberto Eco señala, semillas despóticas que correctamente abonadas y regadas degeneran en fascismo, pero mostrando lo que creo es su perfecto acople con el ejercicio chavista del poder.

Al releer esta entrada advierto que he empleado la palabra fascismo con excesiva frecuencia. De ahí que ese concepto elusivo necesite una definición. Remito al intento de Orwell de definirlo y que puede ser leído en este enlace: http://orwell.ru/library/articles/As_I_Please/english/efasc.

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