Los presos y el fútbol

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Imagen: pinterest.co.kr/

Stanislavsky dijo que el teatro es un laboratorio de las pasiones, lo mismo podríamos decir del fútbol; y Pirandello señaló que el teatro era una metáfora del delirio, y también podemos decir eso de este deporte (…)

Juan Villoro

Hace unos días le preguntaba a una amiga si era fan de los 80. Hoy todo el mundo lo es, lo que representa una forma innecesaria de ajarlos. Ella me respondió que sí, que lo era, pero de los clásicos. Inicialmente no entendí a qué se refería con eso de «los clásicos»: podían ser los pelos de Cindy Lauper, los calentadores de Jane Fonda o qué se yo; por suerte resultó que es fanática de las películas de los 80, como dios, en su inmensa sabiduría, manda que sea. Hay una de ellas que me vino a la cabeza en estos días cuando veía una foto de Sylvester Stallone y su forma de vida: un anciano con tatuajes para cubrir las venas rotas por levantar pesas junto a un hot rod.

Sylvester Stallone es un epitome de la cultura estadounidense y no me refiero esta vez a Rocky y Rambo –que también–, sino a una de las formas en las que creo que Estados Unidos fabrica cultura: no robándosela a una civilización más refinada como hicieron romanos o aztecas, ni tampoco solo construyéndola a partir de un par de mitos, como en realidad han hecho, sino también intentando colonizar con el american way aquellas manifestaciones que siendo mayoritarias, globales, aún se les resisten. Hollywood trató de hacer esto, usando a Sly, en una de mis más entrañables películas ochenteras: Fuga la Victoria (Victory) de 1981, que es ochentera no tanto por la fecha de estreno sino porque Venevisión la pasó tantas veces en cine millonario los domingos durante esa década que bien podría tener yo hoy un trabajito en Meridiano TV hablando paja sobre partidos de fútbol y hacerlo muy bien.

En la película se cuenta cómo durante la Segunda Guerra Mundial un equipo de fútbol formado por prisioneros de guerra aliados se enfrenta a uno de soldados nazis, lo derrota y se escapan. Escapismo puro porque como se sabe, la trama es una ucronía como la de Tarantino en Inglourious Basterds solo que más cursi: se basa en El partido de la muerte de 1942 en el que jugadores ucranianos luego de derrotar a soldados nazis en un par de partidos (uno de ellos arbitrado por un cerdo de las SS), fueron asesinados en su mayor parte.

El intento de americanizar el fútbol –el de verdad, el que se juega todo el tiempo con los pies (salvo cuando cierto drogadicto argentino jugaba en mundiales contra Inglaterra por allá en la mima década), a pesar del peyorativo mote de soccer– es muy burdo: ¡hacer pasar a Stallone por arquero! Esa tosquedad queda de manifiesto sobre todo si se compara esa escena en la que taclea a un delantero, con cualquiera de las jugadas que, coreografiadas antes por él mismo, ejecuta Pelé. Aparte de estas escenas/jugadas en lo que más bien parece una caimanera entre panas/estrellas: Bobby Moore, Osvaldo Ardiles, Pelé, en medio de la cual alguien plantó una cámara; la película me resulta inolvidable porque en ella Max von Sydow interpreta al único nazi buena gente de la historia del cine.

Hoy recordé la película de nuevo cuando leí que Israel ha prohibido que los presos de Hamas vean los partidos del mundial (en este enlace puede leerse al respecto: https://elpais.com/internacional/2018/05/28/actualidad/1527499883_233580.html): presos y fútbol en el mundo real esta vez. Incluso luego de leer en Eichmann en Jerusalén cómo el holocauslapavato es parte del mitologema que da sostén al Estado de Israel, los judíos me caen bien. Pero esa simpatía tiene dos muescas feas, a qué negarlo: los más de 50 muertos hace un par de semanas cuando Trump inauguró su Embajada en Jerusalén y esto del mundial. Porque es una coñoemadrada negarles el Mundial a unos presos sin esperanza, a los que la muerte les muestra de vez en cuando su cara más sucia.

Por eso, el que Lorenzo Mendoza haya comprado los derechos del Mundial para cedérselos a los canales locales en Venezuela, merece el United Nations Human Rights Prize. Y esta, aunque se le parece mucho, no es una jalada; es solo la opinión de un preso que no puede escapar.

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Locos

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Imagen: dvdizzy.com/

Encerrado en el navío de donde no se puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incertidumbre exterior a todo. Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita.

Foucault

 

Hay una escena en One Flew Over The Cuckoo’s Nest (1975), obviamente del recientemente fallecido Miloš Forman, en la que Jack Nicholson intenta convencer a unos locos de que voten a favor de que los dejen ver la Serie Mundial en el manicomio. Se acerca a uno tras otro, sopesa si pueden entenderle, renuncia ante algunos cuando perciben que están más allá de toda comprensión, tiene el tiempo en contra: va a empezar el partido –solo un fanático del béisbol puede percibir con tanta claridad el paso de los segundos– y ese frío demonio que es la enfermera Ratched puede salir con una triquiñuela –como en efecto lo hace–. Frenéticamente hace uso de toda la quincallería de la mercadotecnia política: prometer, sobornar, crear necesidades donde no las hay, etc. Una vez que han votado, es patético el conteo, arañando una mano levantada aquí por un esquizofrénico, más allá por un bipolar. Es notable cómo el personaje de Nicholson, McMurphy, es candidato, partido, votante y jefe de campaña a la vez, lo único que no es –y por eso fracasa–, es autoridad electoral.

Se ha insistido mucho en que Nicholson hizo su carrera gracias a su natural cara de loco, esa expresión de enajenado enmarcada por la ubicación natural de las cejas que vemos en The Shining, Las brujas de Eastwick o incluso en esa mamarrachada que es Anger Management, pero paradójicamente –o acertadamente, congruente con el arte de Forman– en esta película la cara más representativa de su personaje rodeado de locos es la de derrota, no la de locura.

Forman explicaba que viniendo de la Checoslovaquia tras la cortina de hierro le resultó fácil filmar esta película en la que una persona le imponía a otras cuando fumar, qué ver en televisión, qué música oír, dónde pararse, etc., en ese sentido One Flew Over The Cuckoo’s Nest es una película política, una metáfora del totalitarismo o de la libertad, además de por supuesto una película muy bien hecha que ha envejecido muy bien. Esa intención metafórica era muy marcada en la novela de Ken Kesey en la que se basa la película.

Echando mano de la metáfora que es la película no puedo dejar de pensar en Venezuela hoy. Desde inicios del siglo XX se ha considerado que nuestra comunidad política asemeja un inmenso manicomio: a Gómez se le motejaba como el loquero de Maracay, la locura de Diógenes Escalante produce la dictadura de Pérez Jiménez, durante la democracia entre 1958 y 1998 hay más de un delirio demente; sobra escribir sobre los rasgos marcadamente enajenados de Hugo Chávez. Pero viendo la película de Miloš Forman advierto cómo se invierten los papeles en el miserable manicomio que hemos construido. Hoy no es el cuerdo el que busca que los locos voten: son los locos los que quieren que los cuerdos votemos. Y entiendo perfectamente que estos locos no son esos enajenados disueltos en la nada de la película; estos son unos locos que saben sumar muy bien, pero que no perciben cómo al pervertir más el lenguaje –quién podría creer que con Falcón el chavismo se va, si Falcón mismo es como un herpes chavista que, escondido en el sistema linfático de nuestra polis comatosa, reaparece cada vez que las defensas bajan aún más– se condenan a la esquizofrenia; cómo, con la farsa a la que desesperadamente nos invitan el 20 de mayo se convierten en internos del manicomio, unos a los que, llevando la bata de traidores, les convendría saber que el título en español de la película es Atrapados sin salida.

Guardaespaldas huevones

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Imagen: vivelohoy.com/

I was two years with Carter, four with Reagan.

Frank Farmer

Las películas de Kevin Costner son malas —tanto las que dirige como aquellas en las que solo actúa—, sin embargo tiene en su haber algunos entrañables clásicos del cine —aunque esa recreación de la escena de las escaleras del acorazado Potemkin, en el remake de Los Intocables, le pertenece a Brian de Palma, no a él—, bueno; del cine de cotufas, de evasión.

A principios de los 90 del siglo pasado su carrera iba en ascenso imparable: luego de películas como Field of Dreams, dio el batacazo con ese western lacrimógeno; Danza con Lobos. Pero con aquella mamarrachada, Water World, terminó todo.

Apenas dos años más tarde de su Oscar por Danza con lobos, filmaba junto a Whitney Houston ese proyecto postergado por 20 años: El Guardaespaldas, en el que debieron actual originalmente Diana Ross y Steve McQueen. No la vi en el cine, tuve que esperar a que la pasaran en televisión. Y corroborando lo que dije al principio sobre lo entrañables que son algunas de las películas de Costner, esta está en mi top ten de películas malas, de las que no perdono cuando me las tropiezo en el cable. Es un placer culposo: me gustan mucho las canciones de Whitney, esas versiones R&B de las rancheras country de Dolly Parton, también me gusta esa manera de usar el bushido —el código de los guardaespaldas, de hecho Rachel y Farmer van juntos a una exhibición de Los Siete Samuráis— para disimular el racismo; porque seamos honestos: aunque él le dice que no pueden estar juntos porque no podría cuidarla —justo después de tener sexo: buena esa Frank—, lo cierto es que la película no termina con ese beso en el aeropuerto como final feliz porque ella es negra.

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Imagen: Wikipedia

Pero lo que más me gusta son los lugares comunes de ese héroe estoico pop que es Frank Farmer, por encima de todos, ese de morir por el otro porque es parte del deber, además sin quejarse. Como se sabe, en la ficción, Farmer se convierte en un matatigres cuidando estrellas algo casquivanas porque su corazón se rompe al no estar de turno el día en el que Reagan sufre el atentado, por lo que abandona el Servicio Secreto, el único lugar al que pertenece, el que dota de una finalidad al Ronin aburrido que es.

El guión sugiere que así como se atravesó en el camino de una bala por Rachel Marron, lo hubiese hecho por el presidente. Leo lo anterior y recuerdo el atentado de Reagan, pero sobre todo el de Kennedy, con esa imagen del agente Clint Hill arrojándose sobre los Kennedy para protegerlos. No sé si es valiente convertirse en una diana humana solo porque el trabajo lo exige, creo que hay mucho de condicionamiento luego de un exhaustivo entrenamiento, de anular la capacidad de pensar o de sentir disparando muchas veces, porque si esos agentes pudiesen considerarlo un segundo, ¿se arriesgarían igual? ¿por qué, incluso el agente mejor entrenado y leal moriría, digamos, por Trump?

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Imagen: noticiaaldia.com/

Luego de ver la andanada de huevos sobre Maduro y su séquito de esbirros ayer en San Félix, supongo que a los agentes del servicio secreto estadounidense —esos aficionados a las putas colombianas a las que luego no les gusta pagarles por su ardua entrega— les gustaría trabajar en Venezuela: es más fácil esquivar huevos que balas, más sencillo ser un huevón que un héroe.

Bolas de paja

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Imagen: Wikipedia

Where have all the cowboys gone?

 Paula Cole

El western es mi género favorito. Desde El Llanero Solitario de la televisión (muy lamentable la mamarrachada para cine en la que participó Johnny Depp hace poco[1]) y hasta cada uno de los personajes de John Wayne, los vaqueros me dotaron de dos ideas fundamentales: el mundo se divide entre buenos y malos (nosotros siempre somos los buenos) y si matas –o hieres en la mano– suficientes malos, el mundo es mejor.

Ya sé que Clint Eastwood mató al género en 1992 con su Unforgiven[2] y hoy es imposible ver una de vaqueros en el cine –de hecho la última que vi, en 2011, fue un refrito de  True Grit[3]– o en la televisión (salvo por Deadwood), pero durante mi niñez, cada domingo a las 5 de la tarde tenía una cita con los vaqueros en Cine del Domingo de Venevisión.

Vi tantas películas de vaqueros que deberían darme la nacionalidad estadounidense. O no tanto, porque ya de adulto descubrí que la mayor parte de esos westerns de mi infancia eran un simulacro cultural: películas filmadas en España, con una crew entre italiana y española. Lo único gringo eran las caras sin afeitar de Eastwood, Wallach y Van Cleef. Me tomaría algo de tiempo descubrir a John Ford o a Sam Peckinpah y sus westerns más auténticos.

Y es que viéndolo bien, los símbolos culturales estadounidenses son tan artificiales como los de cualquier otro país –¿cuán representativo es hoy el francés de boina y baguette?–, algo que precisamente queda en evidencia en su subcultura vaquera. De esta, hay dos íconos que muestran esa hibridez –García Canclini dixit– o burla que es toda identidad cultural.

Por un lado están esas bolas de paja que ruedan por el oeste americano –y en el imaginario de lo que creemos que es genuinamente yankee–, parte ineludible de un decorado en buena medida kitsch. Pues bien, resulta que esas bolas de paja o hierba rodante (Salsola tragus) son un cardo originario de Rusia (toda una ironía durante la Guerra Fría: no entiendo cómo el senador McCarthy no las persiguió), que contaminó semillas de lino sembradas en Dakota del Sur entre 1873 o 1874, según leo en National Geographic. La raíz de esta planta que crece en todo tipo de suelo, se debilita cuando está cargada de semillas, para que, y gracias al viento, pueda reproducirse como una verdadera plaga que ha colonizado todos los estados menos Alaska y Florida, sigo leyendo en la revista.

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Imagen: flowers4u.wordpress.com/

Pero, el símbolo cultural estadounidense por excelencia es el carro, y uno de los mejores fabricados nunca es el Ford Mustang, que toma su nombre precisamente de la cultura vaquera, del caballo salvaje de ese nombre. Desde los comerciales de Marlboro hasta los nombres de infinidad de equipos deportivos, el mustang define parte de la identidad cultural estadounidense, eso que de libre –en realidad violentamente criminal– se adjudica a sí misma esa sociedad. Bien, como es harto conocido, la palabra mustang es un derivado de la palabra española mestengo que es como se llamaba a los caballos extraviados introducidos por los conquistadores, de los cuales descienden todos los caballos del Nuevo Mundo.

En estos días en los que el chavismo da estertores intentando por enésima vez, con discursos y demás pendejadas, que prenda el sentimiento anti estadounidense en un país profundamente pitiyanqui desde hace más de cincuenta años –otra muestra de las promiscuas identidades culturales que construimos–, pienso en bolas de paja rodando en el desierto.

 

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[1] Es sorprendente lo malo de cada adaptación cinematográfica del personaje: cada una es peor que la anterior.

[2] En estos enlaces hay unas mejores descripciones del género que las que hago en mi modesta entrada: http://www.jotdown.es/2016/01/el-western-notas-sobre-un-genero-difunto/, http://www.jotdown.es/2016/03/el-papel-o-papelon-de-los-indios-en-el-cine-i-el-salvaje-despiadado/ y http://www.jotdown.es/2016/04/papel-papelon-los-indios-cine-ii-lavando-la-conciencia-3/, respectivamente.

[3] Las últimas dos películas de Tarantino y A million ways to die in the west (2014) son solo bufonadas.

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Imagen: Getty Images.

You erased my famine, unpicked my anger…

Rumi

Me gustan las películas de Will Smith por lo mal actor que es[1]. Siempre es divertido, porque sus recursos como actor son tan limitados que, sin importar la película, siempre interpreta al Príncipe del Rap (The Fresh Prince of Bel Air), ese icono del final de mi niñez. En Independence Day (con la que se puso los pantalones largos) me pasé media película esperando que apareciera Jeffrey y le dijera ‘Amo William’.

Incluso cuando ha intentando actuar en serio, siento que tiene la gorra de lado: luego de Six degrees of separation confesó que terminó enamorándose de Stockard Channing, porque se le fue la mano con el método. No he visto Ali porque no se me ocurre alguien menos parecido a Cassius Clay, aunque en The Pursuit of happyness sí me recordó a mi papá cuando olvidaba peinarse –le hubiese dado realismo al personaje si hubiese sacado de la cartera uno de esos peines para afros que consistían en una barra negra que sostenía cuatro o cinco delgados tubos de metal que luego se ajustaba a otra pieza negra y se llevaban en la cartera, o enredados en la tumusa[2]–. En Seven Pounds tiene dificultades para hacernos creer que se muere.

Pero es en I am legend (ese refrito de la película con Charlton Heston The Omega Man, que es a su vez un refrito de The last man on earth), donde más me gusta la mala actuación de Will. Como se sabe, en esa película, después de que un virus ha convertido en zombis (demasiado artificiales por las CGI) a los seres que no ha matado, Will, como el Cnel. Robert Neville, parece ser el último hombre vivo, y al menos en Manhattan lo es.

Cualquiera pensaría que nadie se cansaría de tener a la Gran Manzana como patio de juegos para él solito, pero lo cierto es que la soledad, aunque se tenga por compañía al perro más noble e inteligente del mundo, puede quebrar incluso al ser humano más duro. No poder hablar con un semejante es tan devastador que se pierde la razón. Esto lo saben bien los torturadores de toda laya: si se aísla a alguien de todo contacto humano durante el tiempo suficiente, hablará más y mejor que si se le golpea. Tortura blanca lo llaman algunos esbirros[3].

Ahora, la demencia de su personaje la interpreta Will Smith con un par de gestos: pone los ojos aguados y saca el mentón, mientras habla con maniquíes. Nada más.

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Imagen: starpulse.com/

Aunque es la soledad lo que lo vuelve loco, lo cierto es que el hambre –con su capacidad de enajenar–  también está presente, porque en el fondo el problema con los zombis es ese: al comer humanos, perros o caballos, hacen que la sociedad implote. Así, algo de la demencia del Cnel. Neville se debe al hambre y se pone de manifiesto cuando ordena latas de comida en su alacena, y más aún cuando en compañía de los únicos seres humanos que ha visto en años (el sueño de todo hombre luego del apocalipsis zombi: una adorable mamá, interpretada por Alice Braga, con su hijo, que además prepara el desayuno), arroja al suelo un plato con valiosa comida y se queja violentamente de que había guardado el jamón para una ocasión especial.

Escribí esta entrada porque me sorprendió advertir que ordeno con la misma meticulosidad que el Cnel. Neville, latas de comida en mi closet. Sí, como ya no cabe en ningún otro sitio, desde hace meses he tenido que guardar comida (paquetes de pasta, latas de carne o sardinas) junto a mi ropa. Hace no mucho tal cosa me hubiese resultado impensable, degradante, pero en mi casa almacenamos comida –sé que en otras también– como si la sociedad se hubiese derrumbado por una epidemia y solo quedase la opción de recolectar lo que se pueda para no morirnos de hambre.

El loco no advierte que ha sucumbido, que su mente es su peor enemiga. Hace rato que la demencia de conseguir algo de comida y bienes básicos en largas colas, de pagar lo que obliga el mercado negro o de racionar el jabón o el papel de baño nos resulta normal en Venezuela. Tal vez ya somos todos unos zombis o solo unos pendejos demasiado flojos para tener dignidad.

En mi caso no guardo jamón como un tesoro para un día especial luego del fin del mundo: yo guardo latas de atún. En este país, destruido por el maldito virus chavista, una sola lata de atún cuesta varios días de sueldo.

 

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[1] Hay un cameo en Jersey girl en el que Will Smith, haciendo de sí mismo, le explica al personaje de Ben Affleck que no sabe actuar y que es famoso solo porque sabe hacer reír. Más aún, Tatyana M. Ali dudaba de Smith como actor porque constantemente olvidaba sus líneas.

[2] No estoy seguro de que me lean fuera de Venezuela, pero en ese caso debo indicar que tumusa es precisamente una pelambra, un afro.

[3] Ya que escribo sobre cine, la referencia ineludible aquí es la película El secreto de sus ojos de Campanella y la terrible (aunque justa) venganza que descubrimos al final.

Dólar Tide

We’re leaving together, But still it’s farewell

Europe. The Final Countdown

Siempre me gustaron las películas de Gene Hackman[1]. Con él siempre te crees el papel, hay un par de escenas (entre muchas otras) como esa pescozada que le da a Willem Dafoe en Mississippi en llamas o la forma en la que reta a dios en Poseidón –creo que me hice ateo poco después– que hacen que te olvides del actor y veas solo al personaje.

En Crimson Tide lo hace también: cuando se estruja la calva nos dice con ese gesto lo derrotado que está su personaje o cómo rumia el racismo del guión –por el que Denzel Washington casi le arregla los dientes a Quentin Tarantino– cuando mastica el habano.

De esta película –es increíble que hayan pasado 20 años de su estreno– me gustan además un par de conteos que hacen aún más claustrofóbico al submarino como escenario. Como se sabe, está por un lado la cuenta que llevan de cuánto falta para que los misiles rusos estén listos para ser lanzados, lo que guía el tiempo de casi toda la película, y por otro; está el conteo que hacen en algún momento, de la profundidad a la que se va hundiendo el submarino cuando es dañado por un torpedo enemigo.

Esta última escena es si se quiere un lugar común en el cine: alguien va contando los metros, el submarino cruje y justo antes de alcanzar la cota de profundidad que lo destruirá, algo se resuelve y todos respiran aliviados.

En la película –ya no hay riesgo de spoiler– lo que salva al submarino es el sacrificio de unos marineros que se ahogan cuando un oficial se ve obligado a cerrar una compuerta. De nuevo un tópico, esta vez el de alguien que debe elegir entre matar a pocos o matar a muchos (él incluido).

He estado recordando esa sensación de que me hundo junto a otros mientras alguien va midiendo la cercanía con el abismo.

Imagen: thebrigade.com/

Imagen: thebrigade.com/

El jueves en la tarde cuando el dólar llegó a los 350 bolívares (no nos engañemos con eufemismos pendejos: 350 mil bolívares) fue un hito en este conteo que nos va indicando en Venezuela a qué velocidad nos hundimos. Alguien lo comentó en voz baja en el salón de clase en el que estaba y el murmullo se fue esparciendo más ominoso cada vez. Casi pude oír crujir al submarino.

Pocas horas después, en la noche, la profundidad del hundimiento alcanzó los 400 bolívares por dólar (de nuevo y sin pendejadas: 400 mil bolívares). En muy poco tiempo me había vuelto aún más pobre, tenía aun menos futuro.

En este submarino inmundo en el que estoy atrapado, el acto desesperado que detendría el hundimiento –aparte de derrocar al chavismo– es la liberación del control de cambio que la bota roja impuso hace más de diez años para lucrarse y someternos. Esa es la escotilla que hay que cerrar para no ahogarnos todos.

Lo que me estoy preguntando ahora mismo mientras cazo alguna película de Hackman en TCM, es si ya no soy yo uno de esos marineros que se ahoga cuando la escotilla se cierra.

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[1] Otro admirador lo explica con mejores palabras en este artículo: http://www.jotdown.es/2014/11/te-odio-gene-hackman/.

 

 

Spies like us: chicas Bond

Berenice Marlohe. Imagen: http://articles.latimes.com/

Bérénice Marlohe. Imagen: http://articles.latimes.com/

You can fall in love but you can never love.

Seven rules to receive 00 status

 

En las películas y libros de James Bond las mujeres son bellos objetos para ser usados –no sé por qué no dejo de pensar en Jill St. John–[1]. Todas con la excepción de M, que es la única mujer capaz de invertir los papeles y usar a Bond como una herramienta[2]. También está Vesper Lynd (y Tracy Bond) que como se sabe traiciona a Bond en Casino Royale[3] para terminar suicidándose espectacularmente en la película, un poco más como un cliché en la novela.

Esta mujer –no se me ocurre una actriz mejor que Eva Green para encarnarla[4]– le enseña a Bond la regla de toda relación amorosa: todos traicionamos, antes o después. No importa si quien está a nuestro lado nos ama, siempre deseamos a alguien más.

Viéndolo bien; nunca nos portamos tanto como espías como cuando engañamos a nuestra pareja: nos inventamos coartadas, ciframos nombres en el directorio del teléfono, evitamos ir a lugares donde podamos ser reconocidos. Jugamos a ser otros, somos agentes dobles –o triples– que nos traicionamos a nosotros mismos, siempre asediados por la deliciosa ansiedad de ser descubiertos.

Vesper le ensaña el juego a Bond que ya no lo olvida nunca (tampoco a ella: la recuerda cada vez que bebe): no importa cuánto quieras –o te guste– a la mujer que tienes al lado, nunca la tomes en serio. Salvo tal vez Teri Hatcher si de espaldas deja caer su vestido.

John le Carré en cambio no permite que ninguno de sus espías aprenda esto.

Ursula Andress y Sean Connery. Imagen: http://www.sensacine.com/

Ursula Andress y Sean Connery. Imagen: http://www.sensacine.com/

No importa cuán diestro sea Smiley descubriendo topos rusos: en Tinker Taylor Soldier Spy[5] es un hombre herido por la infidelidad de su esposa Ann. Una herida que usa muy bien Karla en su contra y de toda la intelligence británica.

En la jerga de los espías –mírenme: hablando como si me hubiese reclutado el MI6– un topo es el doble agente que horada el servicio de inteligencia del enemigo. El topo de Smiley es su esposa, es ella la que lo socava. Y eso solo es posible porque la quiere.

En la Casa Rusia[6], Barley se convierte en el hombre que nunca ha sido por Katya –supongo que yo también lo haría si Michelle Pfeiffer me mirase como lo hace en la película–, para luego añorarla con la esperanza vacía de que los rusos la liberen.

Justin Quayle (que no es exactamente un espía) no puede olvidar a su Tessa y termina muerto en una pradera keniata.

Pero mi favorito es Alec Leamas de El espía que surgió del frío[7]. Este, el espía harto del frío, el cínico que sabe perfectamente que envejece solo en un mundo de mierda, se hace matar al pie del Muro por Liz, una muchacha bonita pero ingenua –la peor femme fatal posible–, que sólo debía servirle para engañar a la Stasi.

El amor parece ser tan nocivo para un espía como la bala de una Walther PPK.

 

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Linda Christian, la primera chica Bond. Imagen: time.com

Linda Christian, la primera chica Bond. Imagen: time.com

[1] Sobre la misoginia de James Bond se ha escrito lo suficiente. Al respecto, la interpretación de Daniel Craig ha civilizado al personaje: el guiño homosexual en Skyfall fue muy divertido. En ese sentido este vídeo haría fanática de la franquicia hasta a la más acérrima feminista: https://www.youtube.com/watch?v=aC8Ls-5nRxM.

[2] Lo que afirmo debe matizarse con el hecho de que la mayor parte del tiempo M ha sido interpretado por un hombre –de hecho el personaje está basado en oficiales de inteligencia británicos, todos hombres–. Aunque hay quienes han sugerido que Fleming se inspiró en su mamá para el personaje. Sería un lugar común un Edipo en James Bond.

Menos freudianamente Bond solo le es leal a su Majestad, la Reina de Gran Bretaña. Curiosa lealtad para un escocés y todo por culpa de Sean Connery.

[3] De esta novela se ha hecho una versión para la televisión y dos para el cine. En la televisión de 1954 fue la primera vez que James Bond fue interpretado (por el estadounidense Barry Nelson), algo que de no ser por Wikipedia jamás me hubiese enterado. Mientras que las películas son, por una parte, el pastiche de 1967 no producido por EON Productions y por la otra el reinicio de la franquicia en 2006.

[4] Me gustan las fotos que de otras chicas Bond hay en este enlace: http://elpais.com/elpais/2014/12/05/album/1417782535_767067.html#1417782535_767067_1417783348.

[5] De esta novela hay una miniserie de 1979 con Sir Alec Guiness como Smiley y la película  de 2011 con Gary Oldman como Beggarman. Vi esta película junto a Skyfall: Tomas Alfredson le gana a Sam Mendes por paliza.

[6] De esta novela hay una película de 1990 protagonizada por Michelle Pfeiffer y Sean Connery. Así, Connery ha sido el espía de Fleming, pero también uno de los de Le Carré. El final de la película es diferente al del libro.

[7] Una versión para el cine de esta novela se estrenó en 1965 con Richard Burton como Leamas.

Spies like us

Markus Wolf. Imagen: http://de.wikipedia.org/

Markus Wolf. Imagen: http://de.wikipedia.org/

See and keep silent

Sir Francis Walsingham

Ya ha pasado casi un mes del 25° aniversario de la caída del Muro de Berlín, pero aún pienso en la Guerra Fría, y es que pocos lugares la encarnaron como el Berlín de posguerra: esa ciudad gris llena de espías.

Estos últimos siempre me han interesado. Supongo que es un lugar común: una vida anodina querría tornarse interesante. O tal vez sea solo el interés por personajes escindidos, que deben engañar a todos y a sí mismos para sobrevivir.

Hay dos tipos de espías, al menos en la ficción. Los metrosexuales como James Bond –aunque la interpretación de Daniel Craig le ha dado cierta rugosidad necesaria al personaje– y los cornudos melancólicos como George Smiley.

Creo que aquí debo hacer una aclaratoria. Bond no requiere presentación: Fleming creó uno de los estereotipos más incombustibles de la cultura popular. Aparte de Putin, James Bond es la única reliquia que sobrevive de la Guerra Fría, con mejor taquilla que el ruso por cierto.

De alguna forma, ese éxito del personaje de Fleming ha eclipsado a todos los demás espías de la ficción. Sobre todo –y esta es una ironía– a los espías de novelas como las de John le Carré. Ironía, porque Bond es un personaje literario antes que cinematográfico.

Anthony Blunt y la Reina Isabel II. Imagen: http://www.artscope.net/

Anthony Blunt y la Reina Isabel II. Imagen: http://www.artscope.net/

Así, y aunque también han tenido sus versiones para cine (todas superiores a las de Bond), si hablo de George Smiley, Control, Leamas o Karla; nadie sabe de qué hablo. Tal vez la excepción sería El jardinero fiel. Lo mismo pasaría con cualquier personaje de Graham Green. Solo el Jason Bourne de Ludlum se salva y eso por las películas de Matt Damon.

Sin embargo, incluso el espía más prescindible de Le Carré es mucho más real que Bond, mucho más cercano a ese Berlín dividido en el que se asesinó en nombre de las ideologías hasta hace dos décadas y media. Tal vez por eso mismo, el personaje de Fleming lo pasa mucho mejor que los de Le Carré. A fin de cuentas: quién no querría tener a tan solo una de las mujeres de Bond, manejar sus carros o vestir sus trajes.

Como vivo en un país que seguirá naufragando, puedo usar mi blog para describir la cercanía con el abismo o para evadirme con algo de kitsch. Igual: no hay nada como diciembre para sumergirse en la cultura pop. Por ello, le dedicaré unas pocas entradas tanto al glamoroso espía de Fleming como a los de John le Carré, a sus espías como nosotros.

Por cierto: hoy se anunció el título y el reparto de James Bond 24. Hay información en este enlace: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/12/04/actualidad/1417690697_170501.html.

Este mensaje se autodestruirá en 10, 9, 8, 7,…

País Po

Thinking to get at once all the gold the goose could give, he killed it and opened it only to find nothing.

Aesop. The Goose with the Golden Eggs

 

Hasta hace poco el animal que representaba a Venezuela era el turpial. Esta diminuta pero vistosa ave era un símbolo del país. No éramos un águila fiera o un león, sino un pequeño pájaro insectívoro con su particular canto.

Pero en una nación gatopardiana –más animales como metáforas– ese animal ya no nos representa. No lo había advertido hasta que hace unos días me tropecé con un artículo de prensa[1] en el que un guasón nos describe como “el oso panda favorito de China”.

Que Venezuela sea un panda chino puede ser considerado desde la real politik o desde la más chiclosa cultura pop. Empecemos por la primera.

Es bien conocida la llamada Diplomacia del Panda china que se remonta al siglo VII y que revivida por Mao, consiste (al menos hoy en día) en un ejercicio del soft power en el que los taizidang regalaban antes y alquilan hoy, pandas gigantes a países con los que tienen serios diferendos. A fin de cuentas ¿quién se resiste a la estampa de un oso juguetón que parece más bien un peluche con baterías que nunca se gastan[2]?

En otras palabras, los pandas se usan como moneda: un animal que aumenta espectacularmente la entrada en los zoológicos –aunque por el que se paga una tasa anual de hasta un millón de dólares anuales por diez años que es el período por el que el régimen chino los presta– se intercambia por algo de aquiescencia para con el Imperio Chino.

Ahora bien, si somos un panda de la reserva china, eso significa en principio que podemos ser usados, intercambiados, vendidos, como regalo. Luce poco probable que los chinos nos cedan como obsequio de buena voluntad: el petróleo –y paradójicamente la corrupción chavista– hace al país demasiado valioso. Pero no deberíamos olvidar que aún nos ubicamos geográficamente en el patio trasero de Estados Unidos.

Por otra parte y aunque suene demasiado pop o kitsch, al pensar en Venezuela como el oso panda favorito de China, la imagen que se me viene a la cabeza es la de Po, ese divertido y panzón personaje de la franquicia Kung Fu Panda.

Como en el dibujo animado Venezuela también es torpe y le cuesta moverse porque un gran lastre la atasca. También el país es dueño de un don valiosísimo gracias al azar. Pero donde el símil se me antoja más acertado es en que como se sabe, Po tiene como tutor a un panda rojo (aunque albino): el maestro Shifu. Es este un oso mucho más pequeño que ni siquiera es de la misma especie y que no debería someter a un oso tan grande como el gordinflón Po. Venezuela –un país de comiquita– también se somete a un viejo animal rojo que no debería dominarla.

De hecho, he señalado –nada originalmente– que en la postración venezolana actual se da un fenómeno inédito. Nos sometemos económicamente a China[3], lo que en realidad significa sometimiento político[4], para poder pagar el dominio de Cuba sobre el país.

Un dragón drena a un turpial para que este mantenga a un…, lo olvidé, ¿cuál es el animal emblemático de Cuba? ¿Sigue siendo el caballo o ya no?

 

[1] Que puede ser leído en este enlace: http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=106442&tipo=AVA.

[2] Hablo como lego, pero ¿no hay insectos feos y desagradables que son más valiosos para la vida en el planeta? A fin de cuentas ¿qué hace un panda? ¿Mascar bambú todo el día? ¿Aparearse cuando está de humor?

[3] Basta leer esto para entenderlo: http://www.el-nacional.com/economia/Deuda-Venezuela-China-reservas-internacionales_0_449955144.html.

[4] Ya las calificadoras chinas están evaluándonos con el ‘neoliberalismo’ salvaje que se le achacaba al FMI, según puede leerse en este enlace: http://prodavinci.com/blogs/cuando-los-chinos-pierden-la-confianza-por-beatriz-de-majo/.

Camisas de colores

Fashion: a popular way of dressing during a particular time or among a particular group of people.

Merriam-Webster dictionary

 

No soy nada original en mis gustos. La escena que más me gusta de la versión de 1974 de El Gran Gatsby es la de las camisas. Esa exhibición de desenfreno y locura que hacía Jay Gatsby al poner todo lo que tenía y que de alguna forma sentía postizo, robado –simbolizado en esas camisas de seda de colores brillantes– a disposición de Daisy Buchanan y Nick Carraway.

Me gustaba porque me producía la sensación de que con ponerme la camisa adecuada –vi la película de niño– podía ser quien quisiera. Hoy sé que no es tan sencillo. Sin embargo hay quienes creen en Venezuela que tal ejercicio de travestismo es posible.

Hoy leía que unos miembros de SUTISS (Sindicato Único de Trabajadores Siderúrgicos y sus Similares) terminaron una marcha en la que exigían nuevo contrato colectivo (entiéndase prebendas por no producir nada), quemando sus camisas rojas de militantes chavistas y cambiándolas por camisas azules de obreros. De malandros a trabajadores con tan solo una hoguera de trapos.

Es anecdótico que el cambio de ropa lo hicieran al llegar a la Plaza del Hierro en Puerto Ordaz, en el estado Bolívar. Como se sabe los fascistas rumanos antes de la Segunda Guerra Mundial se agrupaban en la denominada Guardia de Hierro.

Estos sindicalistas nuestros, que la mismísima ala militar del chavismo ha denominado como vagos (ver: http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=105512&tipo=ESP&idcolum=53), también podrían denominarse Fuerza de Hierro, o mejor; Fuerza de Plomo, un término aplicable en realidad a todo el aparato militar y paramilitar del régimen, que encuentra en el uso de ese metal la ratio última para imponer su satrapía.

Es conocido que a la Guardia de Hierro rumana se le llamaba también Camisas Verdes o Legión. De ahí que, y considerando a los “obreros” de marras y sus camisas rojas, sea imposible no mencionar a las camisas fascistas y su gama de lúgubres colores.

Los fascistas italianos fueron los primeros en vestir a sus grupos de choque con camisas (negras en este caso) de un color. A partir de ello el color de las camisas fascistas variará de país en país, desde el marrón de las SA hitlerianas (el negro italiano sería usado por las SS) hasta el azul de la Falange.

Nuestros aspirantes a fascios –no se les puede negar el empeño y los muertos– escogieron el rojo para sus camisas (también lo usan hoy en Tailandia las montoneras que apoyan al primer ministro corrupto de ese país). Sin saberlo emulan el origen de los camisas negras italianos que se inspiraron en una interpretación adulterada de los camisas rojas de Garibaldi.

Ahora bien, me interesa ese striptease ideológico, el que alguien piense que cambiándose el color de la camisa deja de ser quien era, cambia su sistema de creencias y borra las acciones que estas produjeron.

Esos sindicalistas auparon y facilitaron la toma chavista de las empresas básicas (que no renacionalización) sabiendo que se abría el grifo del saqueo. De hecho a partir de ese momento dejaron de cobrar por producir bienes básicos y empezaron a hacerlo por matonear. Se les vio muy activos a inicios de año atacando junto a policías y militares las protestas opositoras en la región. Como ya tal robo no es posible y deben ajustarse a un contrato menguado solo si reflotan unas empresas quebradas, entonces ya no son chavistas de camisa roja, sino azul.

Ese travestismo –y es lo que me preocupa– será una moda generalizada si se derrota al chavismo. Entonces será común ver (ya ocurre en buena medida con aquellos que hoy dicen: “Chávez me engañó” “Yo solo voté por él una vez”, como si la estupidez fuese una excusa válida) cómo a quienes pensaron que un militar golpista era una alternativa les bastará lucir una camisa amarilla o azul o de cualquier otro maldito color para aparecer como paladines de la sociedad abierta, de esa libertad que ellos; los chavistas, nos robaron justo cuando empezaron a usar –aunque fuese solo en sus cabezas– camisas rojas.

 

 

Gisela Kozak Rovero

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